Y de remate… Por favor sea feliz

Que complicada se ha vuelto la vida. Y la mayoría de las veces nos la complicamos aún más. Poco a poco nos dejamos llevar por las ganas de salir adelante y empezamos a confundir las verdaderas necesidades. En nuestro país el encuentro con la felicidad parece ser muy difícil. No cualquiera parece tener derecho a la felicidad. Pues mucho de ello depende de cómo es que vivimos y cubrimos nuestras necesidades. Si bien es cierto mucho del ser felices está en ver felices a los que amamos, si no los vemos contentos va creando en nosotros frustración al no sentirnos capaces de darles lo que creemos merecen.

Pero entonces ¿qué es la felicidad?, podría ser un estado de ánimo solamente, no lo sé del todo, sólo sé que la he sentido y he tratado de mantenerla a mi lado el mayor tiempo posible. A la edad de 14 años me encontré con un libro con el título “Por favor sea feliz”, lo leí y me gustó mucho, traté de aplicarlo en mi vida, pero hay cosas que uno no entiende a una corta edad. Y hay muchas cosas que no por leerlas las aprendes, hay que vivirlas en verdad. Hace ya algunos años, enfrascado en una de tantas charlas con un gran amigo -compañero de trabajo en ese entonces-, hablábamos acerca de la felicidad. Él, un hombre de más edad y que siempre mostraba una tranquilidad extrema -de esas que hasta envidia da, y termina uno por llamarla ‘pachorra’-, me decía que él era sumamente feliz porque así lo había decidido. Yo veía al señor y realmente no le veía nada que envidiarle -eso creía en ese entonces-.

Y de forma sarcástica le decía, ¿cómo puede ser feliz si no tiene nada? -Allí es donde radica mi felicidad, -decía de forma tranquila-. Nada tengo pero tampoco nada debo. Dime, ¿tú eres feliz sólo por lo que tienes? –No precisamente, pero trato de tener todo lo necesario y trabajo para algún día lograrlo. –Pues es allí donde encontrarás tu infelicidad. Mira Daniel, hoy crees necesarias cosas que cuando las obtengas ya no serán suficiente pues serán obsoletas, pues ya habrá cosas mejores que esas que lograste conseguir. Te estás dejando llevar por el sistema, por los que buscan tu infelicidad, crean cosas que te puedan crear lo que tú creerás son necesidades. -Pues eso lo entiendo, pero así funciona el mundo. -No lo creo, para mí no funciona así. Al menos no para ser feliz.

No miento al decirles que en verdad veía mucha mediocridad en no querer buscar tener cosas, vivir mejor decía yo, tener comodidad. Y esas discusiones terminaban por frustrarme, quería que él reconociera que era importante avanzar de acuerdo al cómo va cambiando el mundo. Y que si tú no cambias y te adaptas te quedas. No le importaba, no hacía mutis de eso. Nunca logré aceptar que el no tener ciertas cosas le podrían causar infelicidad, en verdad, de tantos años que trabajamos juntos, creo jamás lo vi con muestras de infelicidad. Sí llegué a verlo enfadado, molesto, desesperado o serio, pero fueron mínimos y sólo eran pequeños estados de ánimo. Era realmente relajado, trabajaba silbando o tarareando alguna música, saludaba de apretón de manos mirándote a los ojos y con voz tranquila te decía, ¡buenas tardes! Recuerdo salíamos en la madrugada de trabajar y nunca hacia uso del transporte de la empresa, simplemente prefería caminar hasta su casa, para eso tenía que cruzar el centro de Vallarta y subir hasta lo alto de la Colonia del Cerro. Que lo lleven a su casa le sugería, “no gracias, prefiero caminar. Cómo voy a desaprovechar una caminata bajo este cielo de Vallarta. Soy del DF, deja disfrutar esta calma mientras aún exista”, decía. Hasta la llovizna disfrutaba, y si la tormenta era muy fuerte, tomaba el control de la tele, acomodaba una silla y decía, aquí espero a que pase. Y era capaz de amanecerse esperando se calmara la lluvia para ir caminado a casa. El tema de la plática brincó de la felicidad a la ambición.

Las ambiciones frustran la felicidad me comentaba. La falta de ambiciones es mediocridad le refutaba. -No del todo, si es así entonces la mediocridad no es tan mala, dijo. – Pues el tener ambiciones tampoco es malo, tal vez el ser demasiado ambiciosos sí, respondí. -¿Cuándo y cuánto es demasiado? mira, hoy no tienes carro, y por lo que sé quieres uno, algo chico aunque sea, el asunto es moverse me dices. Y cuando lo logres, serás ‘feliz’, pero, de pronto la necesidad que tenías de un auto se transforma en la necesidad de mejorarlo, entonces podríamos decir que pasaste de una ambición a ser ambicioso. Podrías simplemente quedarte con ese carrito por todo el tiempo necesario, confórmate, pero lo dudo porque el no tener más ambiciones te harán sentir mediocre e infeliz, según tu forma de pensar. Una década después recuerdo esa y mil pláticas más, con el pasar de los años he tratado de no caer en los extremos, tal vez no estoy de acuerdo en todo con él, pero de que en muchas cosas tenía razón no hay duda. No he cambiado mucho desde entonces, pero creo he aprendido a ser feliz en base a platicas como esa. He aprendido a ver la felicidad no sólo como un simple estado de ánimo, sino como una forma de vida. Pueden pasarme cosas terribles, perder cosas materiales, no lograr objetivos, tener recaídas y enfermedades, ver sufrir o llorar a mi familia, ver morir de diferentes maneras a mis seres queridos; pero siempre he tratado de pasar ante todo esos problemas y situaciones lo más feliz posible. He estado llorando, sufriendo, triste, decepcionado; pero todo eso sólo como un simple estado de ánimo. Jamás me he sentido infeliz. Si bien es cierto, no he logrado no convertir en necesidades todo lo que se inventan.

Aun ando en busca de un mejor auto, una mejor casa, un mejor celular, deseando poder comer en mejores restaurantes, en busca de mayores comodidades. Pero eso también me hace feliz. Así que creo está bien siempre y cuando no caiga en la infelicidad si no obtengo lo deseado. Hoy creo necesario enseñar a nuestro hijos a ser felices, a disfrutar cada instante, a sobreponerse a los estados de ánimo y a que la felicidad no sea uno de ellos, que la felicidad sea su forma de vida, a que la felicidad no depende ni se encuentra en las cosas o en otras personas, a que no sólo tienen derecho a ser felices sino que es una obligación. A ser felices en un parque por el simple hecho de sentir la sombra de un árbol y de gritar de felicidad por el logro de cruzar de lado a lado el juego del pasamanos, enseñarlos a disfrutar las gotas de la lluvia en la cara mientras brincan en un charco, de gozar un río aunque tenga el agua ‘chocolatosa’, a correr sobre la arena caliente por la orilla del mar, a divertirse tirando una rama seca a su mascota, a reírse de las situaciones inesperadas y a burlarse hasta de ellos mismos de ser necesario, enseñarlos a disfrutar una buena charla con sus papás. Hay que enseñar a nuestros niños a ser felices con un simple abrazo.

Hoy escribo mientras silbo o tarareo una canción, algo aprendí de esas charlas mi querido amigo Goyo, no lo he visto por un buen tiempo, pero no dudo que siga silbando de felicidad mientras hace alguna tarea con esa forma tan relajada de ver la vida. Así que señores sonrían y sean felices; porque apenas fue quincena, porque es sábado y trabajan mediodía, porque cobran por semana, porque mañana es domingo, porque hay buen futbol en la euro… por lo que sea, qué más da.

¡Y que tengan un hermoso fin de semana!

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