Tribuna de la Bahía

EDITORIAL Lunes 24 de Septiembre de 2018 www.tribunadelabahia.com.mx 02 Directora: L.C.C. Noemi Zamora Reynoso Editor: Arnulfo Guzmán Jiménez Gerente de Circulación: Carlos Loera Robles TRIBUNA DE LA BAHÍA es una publicación diaria, fundada en Septiembre de 1989 y orgullosamente editada, impresa y distribuida por Compañía Periodística Sudcaliforniana S.A. de C.V. Oficinas: 21 de Marzo 1174, Col. Lomas de Coapinole, CP48290, Puerto Vallarta, Jalisco. Servicios informativos: Notimex, AFP y Agencia Reforma. Licitud de Título 5445 y de contenido 4216. Precio del ejemplar: $9.00. Contacto: (322) 226 0800 tribuna_redaccion@yahoo. com.mx Está prohibida la reproducción total o parcial de los artículos, mismos que son responsabilidad exclusiva de sus autores. DE LA BAHÍA TRIBUNA SÍGUENOS: www.tribunadelabahia.com.mx Fabrizio Mejía Madrid Tenis El Abierto de Tenis de Estados Unidos terminó en días pasados con una Serena Williams castiga- da por reclamarle al juez, saltar, presa de la frustración, sobre su propia raqueta, y una extensa vo- lea de opiniones de si lo sucedido en la cancha era o no discrimi- nación racial, prejuicio contra las mujeres que reclaman y hasta sobre la forma en que supuesta- mente “son las afroamericanas”. En medio, un caricaturista aus- traliano que dibujó a Williams fu- ribunda, con un chupón de bebé aventado en la cancha, fue motivo del más recurrente de los malen- tendidos: “No retrata el motivo por el que la mujer se disgustó”, dijo una feminista, sin entender la di- ferencia entre una caricatura y un ensayo sobre la discriminación. El tema no le pareció menor a Geoffrey Chaucer, el autor de los Cuentos de Canterbury, que en un viaje en 1387 hacia esa aba- día puso a convivir en un libro las narraciones entre frailes, monjas, carpinteros, cocineros, marineros, un estudiante de Oxford, una mu- jer de Bath –sur de Inglaterra– y un abogado. Ahí califica al tenis como “rey de los juegos y juego de reyes”. Doscientos años antes que Shakespeare lo volviera un tema político, Chaucer se refería Después del escándalo de los cadáveres en tráileres de Guadalajara, que dio vuelta al mundo, la autoridad esta- tal parece ser que reacciona y empieza a tomar acciones para revertir semejante error, que, quizás, en otra parte del mundo, le hubiera costado el puesto a decenas de funcio- narios públicos, incluyendo al mismo gobernador, quién es el responsable director de toda esta barbarie. De acuerdo a la nota informativa de la Agencia Refor- ma, publicada en esta edición, la Secretaría General de Gobierno “informó que en total adquirió 900 gavetas en panteones; 400 en el Municipio de Guadalajara y 500 en El Salto, donde serán inhumados algunos de los cadáveres almacenados en tráileres refrigerantes por el Instituto Jalis- ciense de Ciencias Forenses”. Agrega la información: “la dependencia también infor- mó sobre la adquisición de 150 féretros individuales con el fin de que los cuerpos tengan un trato digno y respetuoso como si la inhumación se realizara por su propia familia”. La pregunta es ¿Se tuvo que llegar a este punto para que la autoridad hiciera algo al respecto? ¿La ciudada- nía tuvo que descubrir los tráileres repletos de cadáveres para que la autoridad reaccionara e hiciera lo que tuvo que haber hecho desde antes de llenar esos tráileres con centenas de cuerpos? No se explica que el gobernador no haya estado ente- rado de esta barbarie. En nuestro sistema político, no se toman acciones de ese nivel sin que el gobernador dé el visto bueno, por lo que, a pesar de las acciones tomadas el fin de semana para revertir esta situación, su grado de culpabilidad está latente. Ahogado el niño… al “tenis real” para algo más pa- recido al frontón: se jugaba con la mano –la raqueta se inventa en 1500– dentro de un salón en el que podía volearse en paredes, piso y techo. Contar con un sa- lón para volear era, sin duda, algo de reyes. Enrique VIII tenía uno en Hampton Court. Por eso, quizás, hasta ahora, el tenis se considera un deporte aristócrata, monárqui- co, y una mujer afroamericana gritando en una cancha resulta una extravagancia. Chaucer, tra- tando de responder a la pregunta “qué quieren las mujeres”, hace responder a la mujer de Bath, que ya lleva cinco matrimonios: “Quieren ser libres, hacer lo que les plazca, volverse ricas, tener honra y los placeres de la cama, enviudar para volverse a casar… Pero lo que realmente desean es tener autoridad”. Es Shakespeare el que intro- duce el tenis al ámbito del poder cuando centra la diplomacia entre ambos países en un intercambio entre Enrique V y el embajador de Francia. Éste le trae de regalo unas pelotas de tenis, para hacer- lo reflexionar sobre una posible invasión de Inglaterra. Enrique toma las pelotas de tenis como una amenaza y le responde en lenguaje deportivo: “Estamos encantados de que el Delfín sea tan complaciente con nosotros. Le agradecemos el re- galo y el esfuerzo. Cuando logre- mos ajustar nuestras raquetas a estas pelotas, jugaremos en Fran- cia un partido que, con la gracia de Dios, ganará la corona de su padre en la red. Dile que se ha empeñado en un partido con un jugador tal, que todas las canchas de Francia resultarán trastornadas con nuestras voleas. Dile a ese príncipe tan complaciente que su burla ha transformado sus pelotas en balas de cañón y que su alma quedará dolorosamente impresio- nada por la terrible venganza que volará con ellas.” En Hamlet, Shakespeare escri- be de alguien que, según Polonio, miente sobre conocer a otro: “Te dirá, sí lo conozco, lo vi el otro día, apostando, muy bebido, dis- cutiendo sobre un juego de tenis, y entrando en una casa de pobre reputación, esto es, en un burdel”. Por eso, cuando Tom Stoppard escribe en 1966 Rosencrantz y Guildenstern han muerto, los pone a jugar tenis mientras se hacen mutuamente preguntas que no pueden responderse. Son, por supuesto, los dos estudian- tes que reciben una carta del rey Claudio con la orden de ejecutar a Hamlet- en cuanto desembar- que. En la obra de Shakespeare, estos dos supuestos amigos de la infancia de Hamlet acaban eje- cutados porque el príncipe me- lancólico reescribe la carta. Sto- ppard recrea Hamlet a partir de la mirada perpleja de estas dos mitades de un personaje, como si fuera Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Al jugar a hacer preguntas usan la forma en que se lleva la puntuación en el tenis. El juego consiste en responder una pregunta con otra y se pierde cuando alguien hace una afirma- ción o cae en la retórica. El pro- blema empieza con una pregunta confusa con la palabra “love”, que es, por supuesto “amor”, pero en el tenis es “cero”. Esta idea del tenis como inter- cambio de preguntas ya estaba desde que, en 1524, Erasmo de Rotterdam escribió sus Coloquios. En el llamado “El recreo” leemos este diálogo entre Nicolás y Co- cles, dos estudiantes que discu- ten si usan su tiempo entre clases para jugar tenis de dobles: –El juego de pelota con la mano es con el que más se ejer- citan todas las partes del cuerpo. Pero quizás es más un juego de invierno que de verano. –Podríamos jugar con red para sudar menos. –¡Qué va! Las redes, para los pescadores. Quién sabe si Shakespeare leyó este “coloquio” de Erasmo antes de escribir Hamlet,- pero lo cierto es que, en él, ya se trans- forma el tenis en una metáfora de la guerra: “En el juego leal, hay que ganar por arte, como en la guerra, pero jamás descontar a la Fortuna, que va de un bando a otro como si no decidiera aún un marido”. Rabelais, en Gargantúa y Pantagruel, también toma el tenis como un deporte de guerreros, de ida y vuelta, de preguntas sin respuestas, convirtiéndolo en este verso que hace recitar a un estu- diante de la Universidad: “Así que tienes en tu mano la raqueta, una pelota de tenis en tu bolsillo el reglamento en la punta de tu gorra. Con la habilidad de lanzarla en una danza lenta, se te concederá la capucha de la licenciatura.” El naturalista y teólogo Ema- nuel Swedenborg escribió Cielo e infierno en 1758 gracias a una visión: “Se me ha permitido ver a los ángeles estando plenamente despierto, es decir, dueño de to- dos mis sentidos físicos y en un estado de clara percepción”. El cielo de Swedenborg es famo- so por dos cosas: que en él los espíritus se casan y tienen sexo y porque los ángeles juegan tenis. Nada más que la muerte separa realmente el cielo eterno de las efímeras vidas de los hombres y, por ello, el placer de los sentidos materiales encuentra una conti- nuidad en la vida de los espíritus. En el cielo de Swedenborg, el “descanso” de las almas no sólo no implica inactividad, sino que es un desarrollo infinito de las activi- dades, talentos, y deseos terrenos. Hay comunidades, familia, pareja e incluso gatos, que son espíritus que, a pesar de haber ido a la iglesia, no entendieron el mensaje. Los ángeles juegan tenis porque, además de que “no son mentes sin forma ni gases etéreos”, hay algunos que fueron ricos en su vida terrena: “Ellos entran al cielo con la misma facilidad que los po- bres”. En ese cielo, más de un in- geniero que de un teólogo –como apuntó Borges–, los jardines son aprovechados para jugar al tenis que ganan y pierden los ángeles de acuerdo con su desarrollo es- piritual. Una vez monopolio de los ricos, el tenis encuentra en David Foster Wallace, cuyo suicidio fue hoy hace 10 años, su mejor cro- nista. En “Deporte derivado en el corredor de los tornados” lo des- cribe así: “Es un billar con bolas que no se quedan quietas”. Tras un recorrido por lo que significa jugar al tenis en Illinois, por el viento, Foster Wallace evoca una tarde en que, tratando de respon- der una volea de su amigo Anto- toi, se eleva durante 15 minutos y vuela como un ángel. Cuando regresa a tierra firme, una valla de metal se le avienta a la cara. No sabe bien qué le ha pasado y dónde está su amigo hasta que se recobra del golpe: han estado jugando en medio de un tornado.

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