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Un Chido Chasco

 

“Todo el mundo trata de realizar algo grande, sin darse cuenta de que la vida se compone de cosas pequeñas”.

–Frank A. Clark.

 

Fue por ahí de enero o febrero cuando me enteré de que habría un eclipse total que cruzaría Estados Unidos. Checando el mapa me percaté de que la línea de umbra pasaría muy cerca de donde vive mi ínclito hijo Beto. Fue cosa de un par de llamadas telefónicas con él para acordar que el jueves 17 de agosto viajaría a la expansiva ciudad de Seattle, Washington, y permanecería allí todo el fin de semana, convivir con la familia, ver el eclipse el lunes y retacharme el martes a Puerto Vallarta.

Dicen que vale más la espera por el placer que el placer mismo y, en mi caso, cuando se trata de un viaje, así es. Ya sea un saltito a El Tuito, a Sayulita o a Guadalajara, o un vuelo de mayor calado, siempre, desde chiquito, disfruto y me emociona la perspectiva de viajar. Hube de renovar visa y pasaporte para estar listo y encaminarme a visitar a esa entrañable parte de mi familia (mi hijo y mis nietas) que viven en aquella boscosa zona, rodeados de lagos, pinos, montañas y, cuando es invierno, nieve.

Por fin llegó el día del viaje y, como no hubo vuelo directo, tuve que hacer una escala en San Francisco, donde, ya con hambre, me despaché un crujiente baguette de roastbeef, sabroso hasta la pared de enfrente; más tarde llegué a Seattle aporreado pero contento y platiqué con mi hijo Beto sobre el plan para el lunes: trasladarnos en la mañana tres horas por carretera hasta Salem, Oregon, y esperar que se hiciera de noche en el día.

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