Tecla 6/7 El dolor que aún duele

Hicimos de la rebeldía, canto.

Y mientras cantaba Mercedes Sosa que Vivan los Estudiantes, nos veíamos pasear con ella, como novia, por entre esas calles perdidas y entre lo espeso de la neblina de la montaña que a cada paso se hacía más alta.

Aprendimos de lo dulce de la inocencia, que si puede existir aun en medio de tribulaciones todas, con ese gesto de niña de Elena Poniatowska.

Hicimos del desahogo conciencia.

Hicimos de los sentidos el saber escuchar para intentar reflexionar, ahí en aquel departamento de dos o tres sillas, entre el cemento y la misma mancha urbana con Heberto Castillo.

Aprendimos a saber lo que es que las encías sangren, cuando vas a clases y no  llevas ni un pan en el estómago.

Aprendimos a sentir por conciencia, no por mentada.

Aprendimos lo que es el abrazo solidario. Y saber lo que es el sabor de las lágrimas, cuando el hasta luego se anticipa y te quita, para siempre, las sonrisas que florecían a tu lado.

Un día aprendimos que con tres palabras se podría construir tanta movilización social y cómo sus siglas podrían sacudir y hasta paralizar a todo un estado.

Aprendimos a ver como la rebeldía deja de ser canto.

Pronto de la novia Mercedes, se pasaría a otro canto, el de José de Molina: Los escenarios fueron pasando de uno a otro, los hechos empujando de un paso a otro, lo dulce de Elenita a otros rostros. De lo caliente del sol urbano a lo frío de la sierra.

Del libro La Noche de Tlatelolco, a las centurias de  la larga noche indígena, aun sin luz.

Y luego cómo te dices estudiante sin tener escuela. Pues, hubo una escuela a donde podían ser inscritos todos, los de mala conducta, con las materias reprobadas y los que habían descubierto el ser de tercero de secundaria y adiós diplomas de 10. La Prepa “B”. Cuántos locos en la misma bolsa. La eclosión. Las botas, los jorongos. La greña. Los pantalones verdes y las camisas moradas. El grito de rebeldía llamando a la Revolución.

Cantábamos y nos embriagábamos con Hasta Siempre Comandante, de Carlos Puebla. Oscar Chávez nos acompañó por mas de un rumbo.

Un día habíamos provocado una gran crisis.

La pregunta la guardo por más de 4 décadas:

–¿Y son estudiantes?

Si el maestro Francisco Nieves hubiera dicho que no, quién sabe qué hubiera pasado. ¿Saben lo que es un héroe? Así  se vio ese día el maestro, ya tenía mucha aureola por esa Prepa “B” y ahora con todo los dolores de cabeza que se le provocaban, aún así extendía su manto.

Hubo un tiempo para calmarse. Incluso usar Topeka, así “nice” aquellos pantalones acampanados.

Nos llenamos de tanto en los 70s.

Nos llenamos de tanta libertad.

Nos llenamos de tanta esencia, que nos dolió tanto el dolor que aún duele.

Nos dolió tanto lo sucedido poco tiempo antes, el 2 de octubre de 1968, que aun 50 años después lastima.

Hoy nos dice el próximo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, que, en efecto, en la represión de aquella  noche trágica estuvo involucrado el Estado Mayor Presidencial.

Desde aquí, y desde cuánta trinchera haya todavía, le decimos a Andrés Manuel: sin justicia no basta la cita.

No basta que se reafirme lo ya sabido.

Por el 2 de octubre, ¡ni perdón ni olvido!

Por los que nos quitaron, ¡ni perdón ni olvido!

Por los días marcados, ¡ni perdón ni olvido!

Por los amaneceres enrojecidos, ¡ni perdón ni olvido!

Por la justicia que debe sembrar justicia, ¡ni perdón ni olvido!

Por esas vidas, mas vida.

Por esas fecha de hace medio siglo, mas fechas.

Por esos hogares enlutados, por esos hogares presos de la incertidumbre por los aún desaparecidos, por una democracia con justicia, ¡ni perdón ni olvido!

2 de octubre, no se olvida.

 

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