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Reflexiones cotidianas La Voluntad Cristo

Si deseáramos definir la voluntad humana podríamos decir que es el libre albedrío que se nos otorgó para actuar desde nuestra conciencia. Pero nuestra conciencia está limitada, enfrascada por miles de yoes o agregados psicológicos, entonces diríamos que en realidad no tenemos una voluntad propia. Es una voluntad gobernada por esos yoes, como el de la ira, lujuria, pereza, orgullo, avaricia, envidia y gula. Esos son los yoes que mueven los resortes de nuestra voluntad.
Los diccionarios definen a la voluntad como la capacidad humana para decidir con libertad lo que se desea y lo que no. O también un deseo o intención, o cosa que se desea. Eso de decidir con libertad es relativo. Es posible que quiero decidir ser un hombre honesto y casto, pero los egos del orgullo o de la lujuria me obligan a mentir o caer en la tentación de la lujuria. Supongamos que estoy casado, pero en el trabajo hay una chica que me agrada y busco pretextos para enamorarla hasta que finalmente la conquisto. El ego del orgullo se sentirá bien, el de la lujuria muchos más si se llegó al acto carnal.
En el fondo sé que eso que hice fue incorrecto. Mi conciencia, esa chispa divina que existe en mi interior indica que eso no deshonesto, inapropiado, pero esos yoes del deseo, de la lujuria me obligaron a mentir y a caer en el error, en el pecado. ¿Dónde queda esa libertad? ¿En realidad yo decidí caer en el error o fueron otros factores los que me obligaron a caer? Como decía, en el fondo sabía que lo que estaba haciendoera in correcto, pero esos deseos, los deseos de los yoes me obligaron a cometer actos que sobrepasaron mi voluntad. Mi voluntad fue doblegada, quebrada.
Entonces podemos decir que poseemos una voluntad débil o mecánica, una voluntad domesticada

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