Reflexiones cotidianas La depresión, mal de los nuevos tiempos

 

 

En mis años mozos la palabra depresión era desconocida. Si acaso se sabía de alguien que estaba triste porque se le había muerto un familiar o porque la novia lo dejó. Recuerdo cuando mi primer amor en la preparatoria un día me dijo que lo sentía mucho pero no podía continuar con nuestra relación. No me quiso explicar ni dar más detalles y sólo quería que siguiéramos como amigos. Mi orgullo herido dijo que no; o seguía siendo mi novia o nada de amigos. Al no saber las razones de ese rompimiento, sí me puse triste, sentí que había herido mi orgullo y durante unos días la pasé terrible, pero no era para más. Al concluir la preparatoria, en la fiesta de graduación intentó abrazarme y aún sentía un poco de ira. Vean como se confabularon los egos del orgullo herido, de la tristeza y el resentimiento.

Luego ella se fue a estudiar a la Universidad de Puebla y yo a la UNAM y dos años después me fue a buscar. Estaba en la biblioteca de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales estudiando con una compañera cuando se me acercó y me saludó. Iba acompañada de una amiga mutua. Me pidió hablar a solas con ella y ahí se disculpó. La cuestión fue cuando su madrastra se enteró que andaba de novia y la amenazó con decirle a su padre. De enterarse, ese noviazgo le impediría continuar sus estudios profesionales. Vino el perdón y continuamos el noviazgo por unos años más. Lo demás no se los cuento porque no vale la pena.

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