De política y cosas peores
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09 / 08 / 2012
De política y cosas peores

Antonio López de Santa Anna

Se inicia esta columneja con un chascarrillo de subido color. Evítenlo quienes padezcan escrúpulos de moralina... En el vestidor del club las dos chicas estaban despojándose de su ropa para ponerse el traje de baño. Le pregunta una a la otra: “¿Por qué siempre usas medias negras?’’. Responde la otra con tono evocador: “Es en memoria de los que han pasado al más allá’’... Le comentó Dulciflor a Rosibel: “Mi novio es campeón de tiro, y además todo un caballero: anoche me besó la mano”. “¡Bah! -exclamó, desdeñosa, Rosibel-. Para ser campeón de tiro tiene pésima puntería”...  El joven esposo llegó a su casa del trabajo. Su amante mujercita le dijo: “Has de venir con hambre, Gerineldo. ¿Qué te parecería una buena cena?”. “Hoy no, Inepcia -respondió él dejándose caer en el sofá-. Vengo cansado; preferiría cenar en casa”... Un individuo le contó a otro: “Mi novia está un poco deforme: tiene las pompis por delante, y las bubis en la espalda”. Opinó el otro: “Se ha de ver muy rara”. “Rara sí se ve -reconoció el primero-. Pero ¡vieras qué a gusto se baila con ella!”... Pepito era boy scout. Un día le anunció, feliz, a su papá: “Vamos a hacer a Rosilita boy scout honoraria’’. “¿Por qué esa distinción? -sonrió el señor. Explica Pepito: “A todos los de la tropa nos hizo la buena obra que queríamos’’... ¡Cuán generosa es conmigo la gente! Aunque viviera yo otra vida no me alcanzaría para corresponder al afecto que mi prójimo me muestra. He aquí que hace unos días presenté en la Ciudad de México mi libro más reciente: “Antonio López de Santa Anna, ese espléndido bribón”, por amable invitación que me hizo el maestro José Manuel Villalpando, director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Acudió un público tan numeroso que la sala de conferencias se atestó, y hubo necesidad de poner monitores de televisión para que las personas que ya no alcanzaron sitio pudieran ver y escuchar mi perorata. Cuando aparecí en escena fui recibido con un aplauso tan cálido y tan largo que me conmovió, y al término de la presentación hube de estar más de tres horas firmando el libro, y otro sobre Madero -el primero que escribí con tema histórico, hace más de 30 años- reeditado con un bello e inteligente prólogo del maestro Villalpando, a quien agradezco su generosidad. Nunca terminaré dar las gracias a mis cuatro lectores por acompañarme siempre, y por siempre mostrarme su afecto y su bondad... Aquellas dos hermanas eran gemelas. Cierto día una de las dos estaba muy preocupada en el internado: eran las tres de la mañana, y su hermana no llegaba. De pronto se abrió la puerta y entró la muchacha. “¡Felicítame hermana! -le dijo jubilosa-. ¡Ya no somos gemelas idénticas!’’... Llorosa y compungida la chica soltera anunció en su casa que iba a ser mamá. “¿Cómo te pudo pasar eso?’’ -le preguntó su padre. Respondió ella: “Me tocó la mala suerte’’. “Ya veo -dice, hosco, el señor-. No me digas dónde te tocó’’... Iban el señor y la señora por la calle, y pasó una pareja formada por una bellísima mujer y un hombre con aspecto de tonto. Comenta el señor: “No sé por qué los hombres más pendejos se casan con las mujeres más guapas”. “¡Ay, Clotaldo! -se emocionó la señora-. ¡Ése es el cumplido más hermoso que me has dicho desde que nos casamos!”... En el sepelio de la señora su compadre lloraba desaforadamente. El viudo se condolió. Fue hacia él y le dijo lleno de emoción: “No se aflija, compadrito. Le prometo que me volveré a casar’’... Pepito insistió en tener en su casa un conejito, pero no lo atendía. Su mamá lo reprendió: “¿Cuántas veces habría muerto ese pobre animalito si yo no le diera de comer?”. “No sé -responde Pepito-. Supongo que una”... Dos madrileños visitaban la Ciudad de México. En la calle vieron a unas mujeres muy pintadas que lucían costosos vestidos y llamativas joyas. “Isidro -le dice uno al otro-. Había oído decir que México está en crisis, y sin embargo mira a estas señoras. ¿Cómo le harán para tener esos vestidos, esas joyas?’’. Una de las aludidas oyó aquello y dijo con molestia: “Podemos’’. Comenta el madrileño: “¡Qué raro pronuncian aquí la letra J!... (No le entendí)... FIN.

 

Mirador

Armando Fuentes Aguirre

A los 12 años de su edad John Dee se propuso leer todos los libros escritos en Europa.

Leyendo empleaba los días y las noches. Por sus ojos iban pasando uno tras otro los volúmenes de la sombría España, la risueña Italia, la adusta Alemania, la placentera Francia... A los 50 años el filósofo remató la empresa. A fin de coronarla se aplicó al estudio de los Libros Sagrados.

Una tarde salió John Dee por el collado y subió al monte. A sus pies se extendía el valle moteado de viñas, con oleaje de trigos y aldeas campesinas. Arriba empezaban a cintilar las primeras estrellas, sonrisa de la noche. Se oyó a lo lejos la canción de una mujer...

Miró John Dee las maravillas del cielo y de la tierra; consideró los prodigios que laten en el hombre, y dijo luego para sí:

-La naturaleza es el libro más sabio. Ella y el hombre son los Libros Sagrados.

Desde aquel día ya no leyó más libros John Dee. Leyó flores, leyó árboles, leyó animales y piedras. Leyó en el interior de sí mismo, y leyó los misterios de la mujer. Decía a sus amigos:

-Ahora sí estoy leyendo.

¡Hasta mañana!...


 

 Catón

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