De política y cosas peores
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MARTES 21 de mayo del 2013 
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06 / 08 / 2012
De política y cosas peores

Buen inglés

Silly Kohn, vedette de moda, le presumió a su amiga Nalgarina Grandchichier, vedette como ella, el espléndido abrigo de pieles que llevaba. “¡Es precioso! -exclamó la Grandchichier con sincera admiración-. ¿Cuántos?”. (No le entendí. Debió preguntar: “¿Cuánto?”. ¿A qué ese plural?)... Eglogio, joven labriego, casó con Bucolia, rústica zagala. Pasaron unos meses y ella no quedaba embarazada. Los dos deseaban el precioso don de un hijo, de modo que acudieron a la consulta del doctor Ken Hosanna, conocido médico de la ciudad.
Éste se asombró al conocer la causa de aquella falta de familia: ni el mocetón ni la muchacha sabían lo que debían hacer para encargar. La joven esposa era fresca y lozana, de modo que el galeno se ofreció a hacer con ella una demostración de cómo se encargan los hijos. Al terminar el trance Eglogio  le dijo muy preocupado a su joven esposa: “De seguro la cuenta del doctor va a ser muy alta. Mira cómo quedó agotado con el tratamiento a que te sometió”... Usurino Matatías, sujeto ruin y cicatero, oyó en el radio el anuncio de una organización internacional de caridad que solicitaba donativos para los huérfanos de guerra de cierto país de oriente. “¿Escuchaste lo que dijo el anuncio? -le preguntó a su esposa-. En ese país se puede mantener a un niño con un dólar diario”. La mujer se asombró: “¿Y quieres hacerte cargo de uno?”. “¡Claro que no! -se asustó Matatías-. Pero ¿qué te parece si mandamos allá a nuestros hijos? Nos saldrían bastante más baratos”... Un alud de mensajes recibí enviados por amables lectores que me dicen que el Presidente Calderón no sólo habla inglés, sino además se expresa muy bien en ese idioma. Yo hice una indebida deducción carente de toda lógica y sindéresis: tomando en cuenta la expresión presidencial “Haiga sido como haiga sido” deduje que si don Felipe habla así la lengua propia mal podía conocer la ajena. Al parecer no es así, y nuestro mandatario habla el inglés con elegante propiedad. Corrijo entonces mi aseveración, y para dejar zanjado este penoso asunto ofrezco mil disculpas y reconozco en forma paladina que el Presidente Calderón habla el inglés mejor que el español... Himenia Camafría, madura señorita soltera, le dijo a su amiga Solicia Sinpitier, célibe como ella (o más): “Tengo tan mala suerte con los hombres que si en el mundo quedáramos nada más nosotras dos y un varón, y tú y yo nos repartiéramos al hombre, a mí me tocaría la mitad de arriba”... El severo fiscal le preguntó a la muy pintada chica: “¿Dónde se encontraba usted la noche del crimen?”.
“Estuve toda la noche en la cama -respondió ella con firmeza-. Y tengo 14 testigos para demostrarlo”... Un agresivo vendedor de lavadoras se metió de rondón en la casa de la nueva vecina del barrio cuando ésta abrió la puerta, y sin decir palabra echó sobre la alfombra de la sala una buena cantidad de boñiga seca de vaca.
“No se aflija usted, buena señora -tranquilizó el avieso vendedor a la dueña de la casa-. En un minuto recogeré toda esa suciedad con mi poderosa aspiradora. Me comprometo a comerme la boñiga que el aparato no recoja”. Le dice fríamente la mujer: “¿La quiere usted con salsa de tomate? Todavía no nos conectan la electricidad”... Don Algón hizo llamar a su linda secretaria y le entregó un millar de hojas de papel, cada una de las cuales tenía estampada una especie de fotografía como de pompas femeninas. Le dijo con severidad: “Voy a pedirle de la manera más atenta, señorita Rosibel, que se abstenga de hacer cosas sobre la copiadora”... Dos borrachines caminaban por el muelle cuando escucharon voces de desesperación: un pobre hombre había caído al agua, y como no sabía nadar se estaba ahogando.
El infeliz vio a los beodos y les gritó angustiado: “¡Una cuerda! ¡Por favor, tírenme una cuerda!”. Le dice uno de los temulentos al otro: “Debe sufrir mucho el desdichado. Se está ahogando, y además quiere ahorcarse”... Don Geroncio y don Añilio, caballeros de edad más que madura, estaban sentados en su banca de la plaza pública.
Veían pasar a las hermosas chicas con sus brevísimas minifaldas, sus tatuajes, sus peinados exóticos y sus zapatos de altísimos tacones. “Mire usted nomás, amigo mío -le dijo con un suspiro don Geroncio a don Añilio-. Las muchachas de hoy en plena revolución sexual, ¡y nosotros ya sin parque!”...  FIN.

Mirador
Armando Fuentes Aguirre

Voy a contar ahora una historia kafkiana.

Sucedió en  Berlín, el año de 1923. Un hombre vivía los últimos meses de su vida. Irremediablemente enfermo de tuberculosis, estaba condenado a muerte, y lo sabía.

Una tarde salió a caminar por las calles y vio a una niñita que lloraba.

Le preguntó la causa de su llanto. La pequeña le dijo que se le había perdido su muñeca.

-Seguramente salió de viaje -la consoló aquel hombre-.

Ya sabrás de ella.

Pocos días después la niña recibió una carta.

En ella su muñeca le contaba divertidas aventuras; le describía los hermosos paisajes que había visto.

Otras cartas más recibió aquella niña, que así ya no lloró la pérdida de su muñeca.

Alguien dirá que esta historia no tiene nada de kafkiana, que es una historia cursi. Quizá sea cursi, pero es también kafkiana: el hombre que escribió aquellas cartas era Kafka.

Como se puede ver, a veces lo kafkiano no es tan kafkiano.

¡Hasta mañana!...
 

 Catón

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