La marcha fifí

México es un país de contrastes, de desigualdades y de extremos, pero más allá de los lugares comunes también es bueno recordar que dentro de nuestras diferencias está la mezcla que nos hace ser mexicanos.

La costumbre política señalaba que quienes salían a las calles por lo regular eran los grupos de izquierda o afines a causas populares: campesinos, obreros, estudiantes, aunque las ha habido de médicos, y empresarios, sin olvidar una emblemática que conjuntó muchas voces cuando Andrés Manuel López Obrador era Jefe de Gobierno, donde la sociedad salió a las calles de la gran capital a exigir seguridad y paz.

En días recientes vivimos en la misma ciudad la llamada Marcha Fifí, que ya desde el nombre comenzaba su descalificación, pero resultó por demás interesante ver que los ataques venían de quienes anteriormente eran los que tomaban las calles y la bocina, y no es que los papeles hayan cambiado sino que las libertades y exigencias siempre han estado allí y es cuestión de usarlas quien las necesita.

Lo grave de la situación sigue siendo la polarización que se siente en la sociedad mexicana, desde hace años las divisiones han fragmentado amistades, relaciones, familias, parentescos, la pasión gana terreno a la razón, pero ahora conlleva violencia en cualquiera de sus facetas.

Ya sea verbal, psicológica, física, la violencia empieza a apoderarse de nuestros discursos, de los debates en redes sociales, de las sobremesas empezando por el apodo, y llegando a la descalificación, el insulto.

De seguir por ese camino no se podrán sentar las bases de algo sólido que ayude a que México avance como nación, como sociedad. Las envidias del pasado siguen marcando buena parte de las decisiones, el argumento de que ahora yo soy gobierno y por lo tanto hago lo que quiero no se ajusta a las exigencias contemporáneas. El nosotros ganamos y ahora jódanse hace más daño de lo que parece.

Muchos de quienes ocupan un espacio en la vida pública política de este país no llegaron por sí solos, vaya, muchas curules están ocupadas por gente que en sus distritos no los conocen, llegaron allí gracias a un efecto que tuvo lugar el primero de julio pasado (como en el 2012 otros tanto llegaron gracias al efecto Peña), pero no por eso van a dejar de hacer la parte que les toca, no por eso van a dejarse cubrir por el manto del desconocimiento de la realidad, le haría daño a su imagen, a su partido, y al líder que siguen y al que le cantan las mañanitas en pleno recinto legislativo.

Si no se pone un alto a tiempo a la violencia, será demasiado tarde pues la costumbre nos arrollará a todos. Un ejemplo palpable se puede ver en las redes sociales, y no de ahora, sino de hace años, donde el espacio para el debate ha sido totalmente rebasado dando paso a los insultos, descalificaciones y acusaciones. De seguir así, el futuro en arenas como esa será sombrío y desolador, además de que nuestras diferencias en lugar de enriquecernos como nación, nos llevarán a una ruptura social de graves consecuencias.

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