La Eterna División

“Una dictadura es un estado en el que todos temen a uno y uno a todos”.

–Alberto Moravia.

 

Hace ya algunos ayeres, por ahí de 1519, una flota de galeones con poco más de 600 españoles a bordo, desembarcó en las costas de Veracruz para llevar a cabo una hazaña militar que cambiaría el rumbo de la historia. Muchos nos preguntamos: ¿Cómo fue posible que 600 soldados doblegaran a un imperio guerrero de más de 80 mil almas? Algunas causas son bien sabidas: lo pusilánime de Moctezuma, quien además era supersticioso, y esto, aunado a las profecías del retorno de Quetzalcóatl, a la aparición de un cometa y hasta a un sismo que sacudió el Valle del Anáhuac, motivaron que el orgulloso Tlatoani, al que no se podía ver directo a los ojos y a quien se le traía pescado fresco del Golfo mediante relevos a campo traviesa; ese sanguinario y temido emperador meshica, fuera paralizado por el miedo. Prueba de ello es la pésima estrategia de ofrecer al invasor suntuosos obsequios, como oro, jade y plata, esperando hacerlo desistir, y después franquarles el paso hasta el corazón del imperio, en un gesto parecido al que 500 años después sus descendientes Peña y Videgaray, ofrecieron al prepotente Donald Trump.

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