La ciudad imaginada Vida desechable

 

Una de las manifestaciones de la sociedad contemporánea es el escaso compromiso que tenemos los seres humanos con nuestro ser y nuestro entorno. La rapidez con la que vivimos y el cúmulo de distracciones cotidianas nos han vuelto insensibles a las necesidades personales y comunitarias.

Vivimos tiempos donde la solidaridad colectiva se diluye y los incentivos para la generosidad parecen ausentarse.

Hace algunas décadas, los acuerdos sociales parecían ser más sólidos. Los que contaban con un empleo, podían sentir cierta seguridad laboral siempre y cuando desempeñaran su labor con profesionalismo y dedicación. Ser parte de alguna empresa prestigiada, como un banco o institución de gobierno, proveía de un marco de seguridad para el ingreso económico necesario para el mantenimiento de una familia.

Las relaciones amorosas solían ser de largo plazo. Los matrimonios eran “para toda la vida” y si bien en algunos casos había errores y abusos, permeaba el interés por mantener el amor constante. Y el producto de los matrimonios, los hijos, también se vinculaban en la familia con intensidad y compromiso.

Sin embargo, estas instituciones sociales han entrado en una fase de inestabilidad que está afectando el tejido social y comunitario. Una de las expresiones más nocivas de nuestro tiempo es el abandono, tanto de padres a sus hijos como del Estado a los ciudadanos. El mundo de consumo genera la compulsión por adquirir bienes para sentirnos bien. Y para conseguirlos hay que aumentar el ingreso familiar por lo cual ambos padres se ven forzados a trabajar, reduciendo el tiempo de calidad con sus hijos.

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