La ciudad imaginada El valor de las preexistencias

 

 

Evolucionar y transformarse es una de las características esenciales de cualquier ser vivo. En el mundo vegetal, los árboles de gran fronda pasaron por un proceso de crecimiento hasta llegar a ser una marca en el paisaje cuya sombra cubre de las inclemencias del sol y la luz mientras alberga a los pájaros y otras especies. Lo mismo sucede con los animales, que enfrentamos ciclos evolutivos que incluyen nacer, crecer y morir.

Las ciudades son artefactos artificiales creados por la acción humana pero que también pueden considerarse como una entidad viva por su capacidad de transformación y cambio permanente. Por ello, es natural y deseable que vayan mutando a realidades cada vez más complejas y cambiantes.

Dicho esto, llama la atención que uno de los argumentos empleados por algunos gestores de las transformaciones urbanas es que “todo cambia” reduciendo la naturaleza de la evolución a una condición determinista a la cual hay que sujetarse sin cuestionarla, de manera acrítica. Si una sociedad acepta sin reclamo que el cambio es inevitable y no busca los mecanismos para transitar a otro estado de manera eficaz, estaremos negando la creatividad e inteligencia de la que fuimos dotados los seres humanos.

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