La ciudad imaginada Poesía para habitar

El pasado domingo 10 de junio una tormenta dejó una estela de destrozos en Guadalajara. Las escenas compartidas por los noticiarios muestran los estragos causados en la ciudad; dentro de la escenografía de la desgracia, pudimos apreciar un vagón del Tren Ligero inundado cuyos ocupantes fueron evacuados por héroes anónimos, así como vehículos arrastrados por la potente corriente. También se mostró la Plaza Patria pasada por agua y con los comercios en un estado trágico y lamentable.

Ni el agua ni la lluvia son culpables de estos sucesos. Los escurrimientos pluviales estuvieron ahí desde la conformación geográfica del Valle de Atemajac pero el crecimiento desmedido de la zona urbana ha vuelto vulnerable a un territorio habitado por más de cinco millones de jaliscienses. Y para agregar complejidad a la ecuación, hay acciones irresponsables de las diversas autoridades, tanto de omisión como de comisión.

Las modificaciones criminales a las lógicas del territorio se han vuelto práctica común ante nuestros ojos, acciones que tienen origen en la corrupción urbanística alentada por la acumulación capitalista que comanda el paradigma urbano en el mundo y en México.

Recientemente, se han venido denunciando diversos actos de corrupción urbanística a nivel nacional. En sitios prósperos como Querétaro o Sinaloa están documentados cambios de uso de suelo y alteración a las normas de control urbanística para favorecer a poderosos grupos económicos. Si en estas ciudades, que cuentan con instrumentos e instituciones que buscan hacer las cosas bien están incumpliendo sus objetivos, sería fácil suponer que en entidades con menores niveles de desarrollo como Nayarit, Guerrero o Oaxaca la gestión urbanística sea deficiente. 

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