La ciudad imaginada “El festín de los libros”

Caminar por los pasillos de la Feria Internacional del Libro (FIL) en Guadalajara es un placer casi insuperable gracias a la acumulación de conocimientos impreso en tinta y papel que se encuentran al alcance de la mano (y del bolsillo).

En esta ocasión, se conmemora la versión 32 de la FIL, la cual comenzó el pasado sábado 24 de noviembre y se extenderá hasta el 2 de diciembre, teniendo a Portugal y a su literatura como el invitado especial.

La iniciativa para organizar la FIL se debe al impulso de la Universidad de Guadalajara y de personajes como Raúl Padilla López, quienes conjuntaron un equipo de trabajo con el objetivo de conformar la feria del libro más importante en lengua castellana, algo que se ha cumplido con creces. Hoy, la FIL es un proyecto cultural consolidado que representa un logro colectivo para México y para Jalisco. La suma de escritores, editores y demás involucrados en el mundo de las letras confirman la importancia que la FIL tiene en el contexto contemporáneo.

Este proyecto parece ser un acto de resistencia en medio de un mundo que no tiene a la lectura como uno de sus valores a alcanzar. Da la impresión que estamos más interesados en actualizar nuestro acervo tecnológico y conseguir los aparatos digitales más modernos, que en abrir las páginas de un libro para dejarnos seducir por las historias y los saberes contenidos en él. La sociedad actual confía más en la tecnología que en los valores humanos compartidos por medio de ese artefacto llamado libro.

El poco interés por la lectura es la constante en México, donde de acuerdo a cifras oficiales, se lee un libro por habitante al año(en promedio)mientras que en países como Noruega (que por cierto, tiene el nivel de Desarrollo Humano más alto del mundo), un ciudadano lee 40 libros en el mismo periodo. Hay quienes sugieren que el escaso hábito de leer en nuestro país se debe al interés de las élites por mantenernos pasivos, manipulables y poco participativos, mientras que el incremento en los índices de lectura facilitaría el fortalecimiento de la imaginación y la ampliación de una parte esencial de la inteligencia, que es el lenguaje verbal y escrito.

Leer, y sobre todo leer a los autores clásicos, facilita la comprensión del mundo y da sentido a la existencia cotidiana al proveer de recursos para sobrellevar la existencia cotidiana. Quien ha tenido la fortuna de leer El Quijote de la Mancha, de la primera a la última página, ha adquirido un seguro contra la infelicidad, ya que las lecciones humanas que se comparten en el texto de Cervantes son de tal potencia, que tienen el poder de cambiarnos la vida o al menos de tornarla menos insípida.

Por eso, es muy penosa la anécdota de la incapacidad de Enrique Peña Nieto para mencionar tres libros que marcaron su vida, lo cual muestra un retrato de la pobreza intelectual y humana de quien, en un par de días, dejará de ser el presidente de México. Su reacción coincide con la del mexicano promedio, embelesado en las telenovelas y en el fútbol pero no en la imaginación creativa generada por los libros.

En este mundo donde todos perseguimos desesperadamente el poder, el dinero y el placer, es posible regresar al origen de nuestra existencia. Nacimos para desarrollar nuestras capacidades (que son un regalo) y para compartirlas con nuestros semejantes para mejorar el estado de las cosas.

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