Hacia la Tierra Prometida Roberto Almaguer Vega

“Amar duele. Es como entregarse a ser desollado y saber que en cualquier momento la otra persona podría irse llevándose tu piel”.

–SusanSontag.

Dicen que a veces vale más la espera por el placer que el placer mismo, o que en un viaje es más disfrutable el trayecto que el destino. El caso es que mi amigo Néstor y yo comenzamos los preparativos por lo menos con dos meses de anticipación: le compramos llantas nuevas al vocho, lo mandamos afinar, le cambiamos el aceite; le pusimos un tocacintas nuevo con sus respectivas bocinas, grabamos un chorro de casets y obtuvimos nuestros pasaportes y visas. Nuestros amigos nos ayudaron: unos nos regalaron algunas cosas para el viaje, otros nos cooperaron con algo de efectivo; de menos un cartón de cigarros, pero todos, como buenos cuates, nos apoyaron. Uno, cuyo papá tenía una tienda de muebles para baño, sustrajo clandestinamente una taza nueva de muy buena manufactura y nos la regaló para venderla y, con lo que obtuviéramos, ayudarnos a financiar el viaje. Hubo un par de tertulias (borracheras) de despedida y, por fin, una mañana de marzo emprendimos el trayecto con rumbo al norte.

Habíamos abatido el asiento trasero del vocho y en la plataforma resultante llevábamos la casa de campaña, los sleeping bags, un bonche de libros, ropa, algunas latas, sodas y hasta nos dimos la maña para preparar café caliente a bordo del vehículo. En ese entonces las únicas autopistas de este país eran la México – Querétaro, la México – Cuernavaca, la México – Toluca, la México Puebla, la México – Pachuca y la Tijuana – Ensenada. Medio centralizado el país, ¿cierto? Nos propusimos manejar sólo de día, entre diez y doce horas, por lo que el primer trayecto fue un modesto México – Guadalajara; tiempo de recorrido, a principios de los 80´s y en un vocho 76: 9 horas. (Hay que recordar que la autopista llegaba hasta Querétaro; de ahí a Irapuato más o menos era una carretera de ida y vuelta pero con acotamientos anchos y bien señalizada –de cuota, como es costumbre en nuestro esquilmador país; pero de ahí en adelante una carreterilla estrecha, fea, peligrosa y cargada de tráilers).

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