Fluvial Trayecto a Casa

“La cura para todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas o el mar”.

–Karen Christence.

 

Miré el reloj: aún era temprano, diez y quince de la noche. Me daba tiempo de llegar a casa, cenar algo y ver parte del noticiero nocturno. Es algo que siempre he amado de Puerto Vallarta: sus cortas distancias; el aeropuerto, a 15 minutos; el centro, a diez; el trabajo a cinco. Unos trayectos así de cómodos ni Obama los tiene. Al salir de la recepción noté que la lluvia estaba un poco fuerte; bastante fuerte, mejor dicho. Me subí aprisa a mi carro y emprendí la travesía. Tomé la lateral de Medina Ascencio que estaba extrañamente vacía a la altura de Marina Vallarta y al medio kilómetro me topé con tráfico y los primeros encharcamientos, unos de buen tamaño, que cubrían las banquetas, pero no había ningún vehículo varado; el agua les llegaba a media llanta. Me aventé como buen mexicano y salí airoso; hubo otros, cada vez más ominosos. Alguien me aconsejó que tomara mejor la Prisciliano Sánchez y obedecí: di vuelta a la izquierda en el crucero de Sam´s y me dirigí rumbo al Pitillal, el trayecto hasta La Aurora y Palmar de Aramara era un verdadero río. Empecé a ver algunos automóviles varados a la orilla de la torrencial avenida, con sus intermitentes encendidas eran claro ejemplo del triunfo de la naturaleza sobre la tecnología. Pasé saliva: mi auto, al que le digo El Señor de los Cielos porque es mi Amado Carrillo, no es precisamente un dechado de Todo Terreno, bastante bajito más bien, pero ni hablar: ya estaba en el flujo y no me quedaba más que navegar.

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