El Poder de la Solidaridad

Ese martes le dije a mi hijo Bruno, de once años, que estuviera atento. A las once de la mañana se realizaría un simulacro para conmemorar el tremendo sismo del 19 de septiembre de 1985. Estábamos en la Ciudad de México y en efecto, a la hora señalada, comenzó a sonar la alerta sísmica; los niños de la escuela primaria frente a la casa salieron con algarabía de sus salones, bajaron al patio escolar contentos por salir de clases; la gente cumplió con el simulacro y al poco tiempo retornó a sus actividades cotidianas.

Lo mismo hice yo. Dejé a Bruno en casa de su abuela y procedí a trabajar en la computadora; poco después de la una sentí unos golpecitos en el piso, después los primeros vaivenes; salí a la calle y como si fuera una broma cruel constaté que otra vez estaba temblando; otra vez el 19 de septiembre. Los jalones del piso dificultaban estar de pie; daba la impresión de estar parado sobre un ser vivo, un animal gigantesco que se desperezaba indolente. Los niños de la escuela ya no estaban alegres, gritaban aterrorizados; se oían vidrios quebrarse; el pánico se extendía al igual que las ondas sísmicas. El temblor duró alrededor de un minuto.

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