Amantes de la traición

 

César Langarica Santana

 

Cuando se toma la decisión de traicionar a un partido no se traiciona a un edificio o a unas letras, se dejan atrás años de trabajo, que se puede cambiar de ideología como cambiar de camisa, despertar en la mañana y ponerse la roja o la verde según el tono que le acomode a sus intereses o conveniencias. Pero en la vida el enemigo ama la traición pero se odia a los traidores, dentro de si algo no está bien, y lo saben, tarde o temprano se dan cuenta que sus amigos no son los nuevos que los reciben con bombos y platillos, aquellos están acostumbrados a recibir escombro y como tal un día llegaron a formar parte de esa composta extraña que se forma cuando sus intereses son otros.

 

Pero en la vida todo eso forma parte del ser humano, por eso en la política no podía ser de otra forma, pero tratar de convencer a los demás que dejan atrás su historia de calamidades y oscuros pasados con solo cambiar de partido es atentar contra la inteligencia de los demás, es creer que somos tan tontos para chutarnos esa píldora sin agua y sin saliva, ya bastante tiene el ciudadano con su vida diaria y tener encima que vivir la tragicomedia de políticos saltando de un partido a otro. ¿Qué fortuna le queda al que traiciona? Convencer a los demás de que la suya es la mejor decisión y que están todos invitados a la cena del señor, y que Judas es quien preside la mesa sin las treinta monedas de plata, pero con la soga y el árbol listo para cuando les toque turno.

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